Anda la mitad del madridismo (aplicando la lógica estadística, porque con la turra que dan parecen el 99%) llorando por las esquinas, tristes y mohínos, con cara de funeral. No les gustó lo de Rodri, no hemos ido en serio a por él. No les gustó la camiseta, Adidas no nos respeta. No le gustó lo del nombre del estadio, don Santiago no se merece esto. No les gustó la venta de canteranos, no tienen oportunidades en el primer equipo. No les gustó el fichaje de Diomande, demasiado caro. No les gustaron Bernardo ni Konaté, demasiado viejos. No les gustó Cucurella, demasiado pelo. No les gustó Mourinho, está desfasado.
Y así podríamos seguir hasta el infinito, porque a buena parte del madridismo, o al menos bastante ruidosa, no les gusta casi nada de lo que hace el Madrid. Un equipo que, para los frágiles de memoria, ha ganado dos de las últimas cinco Copas de Europa. Mandaban los mismos, por cierto.
Uno entiende que una o varias generaciones de madridistas han nacido ricas. Ganando Champions a cascoporro, disfrutando de leyendas como Cristiano, Zidane, Benzema, Ancelotti, Ramos, Kroos, Bale, Modric. El tiempo de todos ellos pasó, y otra les toca a otros poner al club en su sitio. ¿Y qué sitio es ese? Para algunos, un sitio indigno, humillante, sin opciones de pelear ni Liga ni Champions con ‘medianías’ como Courtois, Trent, Huijsen, Cucurella, Fede, Tchouaméni, Güler, Bernardo, Vini, Diomande, Jude o Mbappé.
Pues bien, la mala noticia para el vinagrismo ilustrado es que el Madrid se va a presentar. Lo hará el sábado ante el Espanyol para arrancar la Liga, y cuando toque en Champions, Copa y en la Supercopa de Turquía. Para algunos, sin opción de pelear por nada. Para otros, con la ilusión que siempre genera un proyecto nuevo. Que no parece tan mal proyecto, por cierto. Porque el Madrid es alegría, esperanza, expectativa, optimismo, entusiasmo. La de los cenizos es otra ventanilla.





