Andaba algo mohíno Mbappé. O eso parecía al menos. Después de un primer acto accidentado, en el segundo no acababa de aparecer. Pero, en éstas, agarró en la frontal una pelota de la que nadie conseguía adueñarse y enhebró el hilo en la aguja, léase encontró el único hueco que llevaba a la red superando antes el aparatoso cuerpo de Diop y sin que la estirada del omnipresente Bono pudiera evitarlo.
Esa celebración trajo susto, las cosas como son, cuando Kylian se fue al suelo con el partido controlado. El que más y el que menos sospechaba lesión, entre otras cosas porque el 10 era inmediatamente sustituido, pero la sonrisa que acompañó su recorrido hacia el banquillo permite sospechar que no era para tanto.
Había amenazado el partido con romperse a las primerísimas de cambio, cuando Mbappé y Upamecano sacaron sucesivamente un zapatazo desde la frontal y un cabezazo picado, en ambos casos sorprendentemente solos, en ambos casos para topar con Bono.
El partido se jugaba en el balcón del área marroquí, más que nada porque cualquier intento de jugarlo en otro lado hallaba la escoba de Koné en forma de negativa, si acaso alguna virguería de Brahim, que a las primeras de cambio dejó caño y taconazo pero que después se fue diluyendo desde esa dificultad colectiva para trasladar la pelota hacia la zona en la que podía adueñarse de ella.




