Ganar el Balón de Oro es mucho más que llevarse a casa una pieza única de orfebrería. Pero también es llevarse a casa una pieza única de orfebrería realizada por la casa de alta joyería más antigua del mundo, lo que convierte al vencedor al mismo tiempo en el mejor jugador del planeta y en el poseedor de una joya de la más fina tradición.
Situada en el número 9 de la rue de la Paix de París, junto a la lujosísima Place Vendôme, la joyería Mellerio es la encargada de componer el objeto individual más preciado del mundo del fútbol. En vez de cuero y costuras, latón, fuego y cincel. En lugar del logo de una marca deportiva, una inscripción: "Meilleur joueur du monde". Un trabajo artesanal de 100 horas para forjar una llave a la eternidad.
El de este año será el Balón de Oro número 70 que salga de la fragua de Mellerio para irse a dormir a casa del mejor jugador del mundo. Y, como el primero, se entregará en Inglaterra. La gala del London Palladium servirá para homenajear a Stanley Matthews, mejor jugador de 1956, que recibió aquel primer galardón que era mucho más pequeño que el actual en un acto íntimo en el ayuntamiento de Blackpool de manos de Gabriel Hanot, el periodista clave en la creación del Balón de Oro.
El que se entregue este año, aunque tenga la misma dirección en la partida de nacimiento, es notoriamente distinto a aquel. Y pese a lo que pueda pensar alguno, "no, no es un balón de oro macizo". Lo explica Laure-Isabelle Mellerio, mujer de Laurent, representante de la 14ª generación de la estirpe de los Mellerio, y sucesora de su marido tras su muerte al frente de la joyería. Ella, junto al joyero encargado de cincelar el nombre del ganador en el trofeo, deben guardar un secreto que France Football intenta que no se desvele hasta el momento cumbre de la gala. "Tengo cuatro hijos a los que les encanta el fútbol, así que estoy bajo mucha presión... ¡pero no! Se trata de confiar en la empresa. Mantengo el nombre del ganador en secreto", confesaba a FranceInfo.
Todo empieza con dos semiesferas de latón. A base de soplete y manos expertas se va dando forma a lo que después será la forma esférica que todos conocemos. "La pieza se calentará hasta adquirir un tono rojizo parecido al rojo cereza", explica en un vídeo Jean-Pierre Cottet-Dubreuil, orfebre, con la pieza entre las manos.
Para unir las dos semiesferas se aplica una soldadura de plata antes de sumergir la pieza en una solución suave con ácido que permite eliminar los restos de soldadura y los retoques finales se dan con lima, antes de dejar pulido el futuro trofeo. A puro cincel y martillo se logran las costuras características de la pelota, que se da un baño para, con ayuda de una corriente eléctrica, depositar oro puro sobre él y darle su acabado final antes de insertarse en una base de pirita, seleccionada y moldeada por los expertos de Mellerio, que supone un toque de distinción para cada poseedor de la joya.
"Es esa base de pirita la que hace que cada año el Balón de Oro tenga un peso distinto y que todas las piezas sean únicas. El trofeo terminado pesará entre 10 y 12 kilos aproximadamente. Como estos bloques de pirita varían de un año a otro y de un balón a otro, no hay dos balones que sean iguales. De hecho, si nos fijamos en los de Messi, todos los bloques son diferentes", desvela el orfebre.
"Después, se entrega al grabador, que tiene la suerte de conocer antes que nadie el nombre del ganador", cuenta Jean-Pierre Cottet-Dubreuil. Pero tras grabar el nombre del ganador, el año y el logo del trofeo y de France Football, queda un truco final. Si nos fijamos en las fotos de Aitana o de Dembélé en la pasada gala, en el lugar donde unos minutos después ya luce su nombre aparece un pequeño accesorio que esconde el secreto mejor guardado del fútbol, una pequeña chapa para ocultarlo hasta que el elegido lo tenga en sus manos y obtenga la propiedad de una pieza destinada a reyes y reinas. Del fútbol, en este caso.
La familia Mellerio emigró en 1515 de su hogar en el valle de Vigezzo, en el norte de Italia, y se estableció en París. Un siglo después de su llegada, como recuerdan en su propia página web, la reina María de Médici les concedió privilegios para ejercer su profesión como recompensa por haber frustrado una conspiración contra su joven hijo Luis XIII, lo que inició una relación con el poder en Francia que se hizo más estrecha en tiempos de María Antonieta, enamorada de las joyas y las pequeñas figuritas que el taller, entonces llamado Mellerio dits Meller, le proporcionaba y que servían de obsequio para las visitas de la consorte en Versalles.
En 1815, tras explotar una gran relación con la familia Bonaparte, François Mellerio abrió su tienda en la rue de la Paix, en el mismo lugar en el que hoy se puede envidiar su escaparate. Su clientela siguió creciendo y enamoró a Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia como esposa de Napoleón III. Esa relación y las revoluciones europeas de 1848 animaron a la familia de orfebres a abrir una sucursal en Madrid, donde atendió peticiones de Isabel II como la famosa Tiara Mellerio o Tiara de las Conchas, un regalo para su hija Isabel de Borbón, 'La Chata', y que aún luce en el joyero real. La reina Sofía se la prestó en 2007 a la entonces princesa Letizia, que la llevó en una recepción de la visita oficial a España de la presidenta de Filipinas.
Además de su cercanía con la alta sociedad, Mellerio también tiene una relación con el deporte que ha convertido a Rafa Nadal en su mejor 'cliente'. O en su mejor 'pieza'. Más allá del Balón de Oro, que fabrica desde 1956, de su taller sale también la Copa de los Mosqueteros desde 1981, aquella que ha mordido el tenista español en 14 ocasiones.
Pero los tenistas no tienen la suerte de llevarse a casa una joya como esa. Sólo pueden lucirla unas horas y hacerse fotos con ella con la Torre Eiffel de testigo, antes de que vuelva a su hogar, en la oficina del presidente de la Federación Francesa de Tenis. La única excepción, como no podía ser de otra forma, es Rafa Nadal.
Tras ganar por décima vez en Roland Garros en 2017, el torneo decidió obsequiarle con una réplica y permitir, por primera vez, que la Copa de los Mosqueteros saliera de las fronteras de París.
A la ilustre nómina de dueños de piezas de Mellerio que componen Rafa Nadal, Leo Messi, Alexia Putellas o la emperatriz Josefina se unirán este lunes dos nuevos miembros, propietarios de una joya salida de un taller que, durante los siglos, ha forjado piezas que son billetes a la inmortalidad.




