Dentro de cuatro años, las gradas de los estadios de Madrid -esperemos que la final sea en el Bernabéu-, Lisboa, Casablanca y el resto de ciudades sede, se llenarán de aficionados que cruzarán las fronteras con un pasaporte en el bolsillo.
El Mundial masculino de fútbol de 2030 será, ante todo, el relato de la primera edición en tres continentes que, cultural e históricamente, estuvieron vinculados durante siglos y una victoria del deporte tenderá puentes entre las comunidades.





