El Real Madrid firma un inicio de Liga con buena nota, apenas empañado por el borrón de La Cartuja que le privó de los tres puntos ante el Betis. Y el aval más contundente lo ofrece en casa, donde el equipo no ha bajado de los cuatro goles en ninguno de sus partidos ligueros. También en la Champions dejó su sello, doblegando por la mínima a un Inter campeón de Italia que arrastraba veinte encuentros sin perder. Los números, en definitiva, invitan al optimismo.
Y sin embargo, el Bernabéu ha dejado claro que no ha hecho borrón y cuenta nueva tras lo vivido la pasada temporada. La paciencia escasea, y basta con un par de errores encadenados para que se haga palpable. Al menos, una parte del graderío se hace notar con pitos cuando el equipo no responde sobre el césped. Por fortuna para el madridismo, eso solo sucede en fases concretas de los encuentros, aquellas en las que los de Mou conceden más de la cuenta atrás, y ese desajuste un sector lo castiga con sonido de viento.
Ocurrió ante la Real Sociedad, tras el empate momentáneo que enfrió la primera parte; ocurrió, con más intensidad, ante el Inter, donde muchos de los silbidos se dirigieron a un Vinicius que no estuvo fino en ataque pero que se redimió con creces en defensa; y volvió a repetirse frente al Rayo. Un runrún que el equipo percibe en el verde y es complicado de obviar.
El caso del Rayo fue paradigmático. La segunda parte de los de Mou quedó embarrada por la falta de físico, tal y como reconoció el propio técnico en rueda de prensa, y no se vio la finura ni la potencia de los primeros 45 minutos, en los que el Madrid arrolló hasta un contundente 3-0 al descanso. Ante las llegadas del Rayo y el gol de Camello, el Bernabéu volvió a mostrar su descontento con pitos que Arda Güler se encargó de amainar a base de fútbol nada más pisar el campo. El turco devolvió el control a los blancos y, con él, la calma a unas gradas que recuperaron la sonrisa al ver de nuevo a un Madrid dominador.
Ante el fenómeno, los protagonistas han optado por la comprensión antes que por el reproche. "Las opiniones de los aficionados son importantes, y no les puedo decir nada", zanjó Mourinho tras el Inter, en un ejercicio de prudencia. Courtois, por su parte, fue aún más explícito al legitimar el enfado: "¿Los silbidos de los aficionados? Es la exigencia que hace grande al Real Madrid. Llevamos dos años sin ganar ningún trofeo grande. Están en su derecho".
Porque para entender estos pitos conviene tener memoria y remontarse a la pasada campaña. Una parte de la afición ya castigó al equipo en varios encuentros, con episodios de especial tensión como el que siguió a la eliminación de Copa ante el Albacete, un malestar que reapareció en el tramo final del curso, con el Madrid fuera de la Champions y con pocas opciones en Liga. Todo acabó sin títulos y con el descontento de un Bernabéu que no ha dejado el contador a cero.
La exigencia del Bernabéu, esa que Courtois señala como parte de su grandeza, es también un acicate permanente. El equipo tiene los mimbres para lograrlo, como demuestra su pegada; solo le resta prolongar la intensidad de principio a fin para que el sonido de viento se transforme, definitivamente, en ovación.




