Xherdan Shaqiri es un futbolista que pertenece a la estirpe de jugadores que solo entienden la existencia a través del misticismo de las grandes citas. Su carrera es un ejemplo de paradoja, ya que a pesar de haber jugado en algunos de los mejores clubes del continente, su verdadero hábitat natural eran los grandes torneos con su selección.
Shaqiri llegó al Bayern de Múnich en 2012 y ganó una Champions y tres Bundesligas, pero su fútbol quedó sepultado bajo la tiranía de una generación irrepetible. Luego, en el Inter de Milán, su aventura terminó en un divorcio express. Ni la Serie A ni el Olympique de Lyon entendieron cómo explotar su musculatura compacta y su tren inferior privilegiado.
Incluso en el Liverpool de Jürgen Klopp, su estatus jamás pasó de ser el de un revulsivo de emergencias. Sin embargo, con Suiza, Shaqiri se agigantaba de forma sobrenatural. Sus cifras con la selección helvética son un monumento a la Copa del Mundo y a la Eurocopa: 125 internacionalidades y 32 goles. Se convirtió en el único jugador suizo capaz de marcar en seis grandes torneos internacionales consecutivos entre Eurocopas y Mundiales.
Shaqiri es un caso de estudio, ya que no será recordado como el mejor futbolista de la historia de su país por la regularidad del día a día, sino porque durante catorce años poseyó un don reservado a muy pocos elegidos: la capacidad de transformarse en una versión muy superior de sí mismo cuando la presión ambiental congelaba al resto. Ahora, tras su retirada de la selección suiza, Shaqiri juega para el FC Basilea, el club que le vio nacer, y aunque sigue siendo un futbolista ilustre, ya no tiene su armadura internacional y debe asistir con resignación a la rutina de una Superliga que le exige una regularidad física que nunca estuvo en su ADN.





