Las Palmas se ha convertido en presa de sus propios errores. Verdugo de sí misma, el equipo amarillo vuelve a pagar demasiado caro cada concesión, hasta el punto de que sus derrotas empiezan a explicarse más por lo que hace mal que por lo que hace bien el rival. Ante el Valladolid, los dos goles nacieron de sendos errores en la salida de balón, pero también de una preocupante falta de intensidad para corregirlos. En el primero, un despeje insuficiente de Álex Suárez dejó al equipo expuesto, aunque Bonfanti es quien aparece en la fotografía. El italiano, irreconocible, no logró cerrar el paso a Víctor, que encontró el camino para encarar a Caro antes de que Latasa rematase a placer. Un fallo en la salida que se convirtió, por falta de contundencia defensiva, en un castigo mayor.
El segundo tanto retrata todavía más esa tendencia a hacerse daño. Kirian cometió un error de concepto al intentar progresar de espaldas a portería, siendo el último hombre y con tres rivales encima. Una orientación mejorable que le hizo perder de vista tanto a los jugadores que le presionaban como la posibilidad de una salida limpia. Pero el error no terminó ahí. Tampoco apareció la habilidad defensiva para detener el contragolpe con una falta táctica. Una cadena de decisiones equivocadas: "Venimos de dos derrotas y eso genera un runrún a nivel emocional en el jugador, que pueden llevar a hacer cosas que no tocan". Para De la Barrera, la solución pasa por "reducir el ruido y la ansiedad. Recuperar el control y tener personalidad en todo lo que se hace".
El Valladolid supo explotar esa fragilidad con una presión alta, coordinada y asfixiante que anuló buena parte del juego ofensivo amarillo. Kirian y Loiodice, dos futbolistas llamados a gobernar la salida, quedaron atrapados por la presión y fueron superados por una situación que les obligó a decidir con precipitación y ejecutar bajo máxima exigencia. Ahí está quizá el mayor problema de Las Palmas. El equipo no sólo está lejos del objetivo, sino también de la personalidad y el desparpajo que se le presupone a un equipo con la promesa de practicar aquel "rock and roll" anunciado por De la Barrera. Hoy, sin embargo, la música suena desafinada y cada error pesa como una losa. Las Palmas no necesita que sus rivales hagan demasiado para hacerle daño, porque ya se encargan sus propios jugadores.





