Hay historias que el fútbol jamás podrá explicar únicamente con resultados. Relatos que desafían la lógica, que cruzan continentes y que convierten a una selección nacional en el símbolo de millones de personas que nacieron a miles de kilómetros de distancia. Porque no todas las pasiones entienden de fronteras.
Bangladesh es probablemente el lugar del mundo donde más camisetas albicelestes se ven fuera de Argentina. Sus calles se llenan de banderas celestes y blancas, las pantallas congregan a multitudes y cada gol se celebra como propio. La respuesta a esta pasión hay que buscarla varias décadas atrás, en un Mundial, en un gol que pasó a la historia y en un sentimiento que, con el tiempo, terminó uniendo para siempre los caminos de Bangladesh y Argentina.
La llegada de la TV supuso un cambio importante en una sociedad que decidió hacerse fuerte unida. Junta. Inseparable. Y lo hizo de la manera tradicional, de la forma más bonita que existe y existirá: juntarse a ver el fútbol. Además, con un sentimiento compartido: el odio a los ingleses por las penurias vividas en el siglo pasado. El destino es caprichoso. Quiso que la población de Bangladesh viviese de primera mano el gol más asombroso jamás visto.
Millones de personas que se vuelcan con la albiceleste en cada partido. El movimiento es total. Podría ser, sin duda, el lugar con más camisetas de los dos 10 de Argentina en todo el planeta. De hecho, la magnitud del fanatismo —provocada por el dominio inglés de la zona y por la magia de Maradona— ha conseguido traspasar fronteras y llegar hasta la propia selección.




