Tenía toda la pinta este partido de terminar con una goleada por todo lo alto, quizá porque los checos son, en teoría al menos, los más flojos del grupo. Además, Lamine Yamal volvió a meter una canasta de tres, de esas que tanto le gustan y que tanto prodiga, es decir, con un disparo a la escuadra desde el borde del área, y la selección española abrió el marcador cuando los checos ni siquiera habían empezado a sudar la camiseta.
Seis minutos escasos de juego habían transcurrido, pero ya se barruntaba que los chicos de Luis de la Fuente no estaban por la labor de apretar el acelerador, probablemente porque les espera un partido en Croacia el martes próximo. Y tras el gol de Rodri, que suele meter pocos (aunque un gol suyo le dio al Manchester City su única Champions League), incluso parecía que se le había acabado la gasolina y estaba circulando con la reserva encendida.
En la segunda parte estuvo a punto de suceder lo que nadie esperaba. La selección española seguía jugando al tran-tran y los checos aprovecharon para hacer un gol en un buen contragolpe. Y hasta pudo empatar en un error de David Raya, al que se le escapó un balón que debió despejar a córner en vez de blocarlo, pero el árbitro pitó una falta y anuló el gol. No habría sido justo ese posible 2-2, que conste.
Que no jugase la selección como debía y como suele hacerlo no significa que no mereciese la victoria. Y es que hasta no jugando bien es superior a sus rivales. Para resumir lo que fue este partido: España no jugó como nunca, pero ganó como siempre... porque fue mejor. Se le aclaró el panorama cuando los checos se quedaron con uno menos y al final tuvo que ser Merino, cómo no, el que dictó sentencia como suele ser habitual en él, es decir, cuando el árbitro está a punto de pitar el final.





