Fútbol es fútbol y hasta el rabo todo es toro, no hay vuelta de hoja. Así es si así os parece, decía alguien. Se decía que España iba a golear en Split, más que nada por ese 0-7 que los ingleses hicieron a los croatas pocos días antes. Pero nada más lejos de la realidad. Los croatas salieron a jugar con el cuchillo entre los dientes después de que les pusieran a caer de un burro en su propia casa, mientras que España acudía de caza con un tirachinas. Tenía motivos para achantarse, entre otras cosas porque la clasificación no peligraba y, además, porque a estas alturas no tiene que rendir cuentas a nadie. Es la campeona del mundo, es la mejor selección del mundo, y puede tomarse un partido sabático y hasta un año si le plugue. ¡Faltaría más!
El caso es que Croacia se puso por delante en el marcador a base de jugar al límite del reglamento, pero se le agotó la gasolina en el primer tiempo. En el segundo, simplemente, desapareció. España dejó los tirachinas en el vestuario y salió con rifles de asalto. Y empató. Y empató Mikel Merino, que entró tras el descanso en lugar de Álex Baena, al que apenas se le había visto. ¡Cómo no le va a querer Luis de la Fuente! Es el talismán de esta selección, el tipo que mete los goles cuando la selección más los necesita. Y esta vez no se conformó con uno, sino con dos, el del empate y el de la victoria. Lo dicho, ¡cómo no quererle!
Con todo, la proeza de Merino alcanza grandes titulares gracias a que España acabó ganando este partido (las derrotas o los empates no emocionan). Y si lo acabó ganando se debe también a Unai Simón, que salvó el 2-0 en el minuto 22 tras un error de Laporte y después evitó el 2-1 (de Perisic) tras otro error defensivo, esta vez de Zubimendi, que entró en sustitución de Rodri. Sea como fuere, el fútbol hizo justicia





