Nueva York lleva toda la vida conviviendo con el caos, pero esta semana la ciudad se detiene para la final del Mundial. Los hoteles, los bares deportivos y las calles están llenos de aficionados que buscan entradas para el partido. En los vestíbulos de los hoteles, se pregunta por entradas en lugar de habitaciones o desayunos, y en los bares deportivos se discute sobre Messi, Lamine Yamal y las alineaciones.
Un padre y su hijo llegados desde Hungría buscan entradas para ver a Messi, y han recorrido miles de kilómetros por un solo futbolista. Otros aficionados ya han asumido la derrota y buscan un plan B para ver el partido, ya que las fan zones oficiales y los grandes bares deportivos llevan registrando colas interminables desde el primer partido del Mundial.
La fiebre por la final también se nota en el bolsillo, ya que dormir cerca del MetLife cuesta lo mismo que unas vacaciones completas en muchos destinos europeos. Conseguir una habitación en Manhattan o en el entorno del estadio se ha convertido en una carrera contrarreloj, y muchos hoteles han elevado sus tarifas hasta niveles propios de la víspera de Año Nuevo.
El problema es que conseguir una entrada ya no depende únicamente del dinero, también hace falta paciencia, reflejos y suerte. La localidad más barata disponible en la plataforma oficial ronda los 7.380 dólares, y las mejores zonas superan los 30.000 dólares. Aun así, nadie parece dispuesto a quedarse en casa, y las aerolíneas han reforzado conexiones y los autobuses especiales hacia el estadio se han multiplicado.




